Aunque lleva nueve años viviendo fuera del país, cobra en euros y paga sus cuentas en euros, el ingeniero Carlos Bello no puede ver un precio en un supermercado sin convertirlo mentalmente a bolívares, ni tampoco puede evitar sentir una punzada de indignación por el resultado.
"Vi un café a 3 euros y automáticamente pensé: eso allá serían como... bueno, ya ni sé cuántos ceros tendría ese número, pero sé que sería una barbaridad", relató Bello, todavía con la calculadora del teléfono abierta.
Testigos confirman que el fenómeno no se limita al café. Bello ha sido visto convirtiendo a bolívares el precio de un apartamento en Madrid, una entrada de cine, y en una ocasión, sin que nadie le preguntara, el salario mínimo de Luxemburgo.
Psicólogos consultados llaman a esto "conversión postraumática de divisas" y aseguran que no tiene cura conocida, aunque sí se sabe que empeora significativamente durante las visitas familiares, cuando el paciente debe hacer la conversión en tiempo real y en voz alta para toda la mesa.
Bello asegura que no piensa dejar el hábito. "Es lo único que me queda de allá, aparte del acento y la costumbre de guardar bolsas de bolsas."